atras.gif (4823 bytes)                                DOMINGO A. GALLI
                                                              LAS TRES LOCAS  (cuento)

La villa está tendida, parece que descansando, bajo el quemante sol del verano. Las casitas juntas, apretadas, apoyadas una en otra como dándose mutuamente fuerza. Las casitas de chapas, cartones, latas, maderas. Pintorescas y casi folclóricas pero, quizás y precisamente por eso, crueles y dolorosas, irónicas, señalando con impudicia la marginación y la pobreza.

Algunas pintadas de colores vivos, alegres, parecen mujeres maduras. Ésas, que no quieren envejecer nunca y, entonces, colorean ridículamente su vejez, sus arrugas, su decrepitud, pretendiendo fijar el brillo de los ojos, el rubor y la tersura de la juventud y sólo consiguen sumar a sus años, ésos, que quieren representar.

Otras, la mayoría, no. Desnudas y hasta insolentes con sus paredes llenas de inscripciones de YPF, de Shell, de Esso, de Castrol, de Terrabusi, de Pepsi y de Coca Cola, de SKF, de aceite Cocinero...

Los sauces, los paraísos y los eucaliptus sombreándolas y sirviendo, a veces, de sostén a los cables de electricidad o a las sogas para tender la ropa a secar y, casi siempre, ocultando un poco, como queriendo disimularlas con vergüenza, a las letrinas existentes en los fondos.

Las damas de noche, cubriéndolas piadosamente y enredándose en los alambres, para dar sombra en el pequeño terreno del frente, una especie de patio, que suele tener, a un costado, almácigos de lechuga y de perejil, repollos o algún tomate, que conviven allí con malvones, geranios y azucenas. Las campanillas azules, floreciendo con derroche; las madreselvas perfumando el aire y su aroma mezclándose con el olor a las frituras; los jazmines trepadores, pequeñas y pálidas fragancias multiplicadas y trémulas; las amapolas (que nadie siembra) coloreando cada primavera.

Latas y macetas simulando jardines. Colgando de las paredes y amontonándose al lado de las puertas o de las cortinas de arpillera que las suplen. ¡Pobres miniaturas de jardines para pobres miniaturas de casas! De casas de gente común y normal, de gente que, siempre, debe inclinar la cabeza para entrar lo que quizás (y por ese simple gesto repetido, obligado y diario al que nunca, nadie, se acostumbra) esta pobreza vaya transformándose en humillación y, esta humillación, en rebeldía.

Sobre los techos, tierra y pasto como formando otro jardín, impidiendo que el sol caliente demasiado el interior de las viviendas. La gente, por eso, viviendo, gastándose y sufriendo debajo de la tierra y de los pastos que crecen. Muriéndose de a poco y todos los días debajo de un triste jardín.

Las calles derechas. Veredas no. Sólo calles y un albañal a un costado. De tanto en tanto, pasarelas de madera para cruzarlo, haciendo sobre ellas un precario equilibrio, como los equilibristas en los circos.

Los perros sueltos. Los muchos perros que no son de nadie y que, por eso, son de todos, siguiendo a uno o a otro y fieles a cualquiera que les dé comida y algo de afecto. Las peleas de los perros y los gritos y las peleas de las vecinas, confundidas con los ladridos. Por cualquier motivo, el principìo de la guerra y, repentinamente y también sin motivos, el armisticio, en un ciclo que se repite a diario y hasta varias veces en el día.

Estar en una colmena. Las vidas separadas por paredes tan débiles que no aíslan ni brindan privacidad. Que únicamente fijan un límite, una separación siempre imaginaria entre lo tuyo y lo mío, cuando en verdad todo es fiscal o ajeno.

La villa, ahogándose reiteradamente en las frecuentes inundaciones; floreciéndose en el humo blanco que surge de las bajas chimeneas metálicas, en las mañanas de cerrazón; ruidosa en la oscuridad, con el croar de las ranas y de los sapos; aterida y temblando bajo las heladas inclementes del invierno; titilando con las luciérnagas, en las noches de estío.

Muriéndose y tan viva, avergonzando en su agonía interminable a la callada y gran ciudad, cercana e indiferente. Viva y muriéndose siempre a espaldas de las autoridades y, pareciera, a espaldas de Dios.

Y ahora la villa con sus casas, con su gente, con sus perros, tendida bajo el sol de un verano. La vida bullendo bajo el sol de ese verano, quemándose con él, con el fondo musical que surge de los aparatos de radio puestos a todo volumen sonando a cumbia, a bolero o a tango.

Luces y sombras netas... sin medios tonos. gritos y silencios ensordecedores, sin susurros.

Ruidosamente llegaron las tres en la tarde calurosa, transportadas por un camioncito desvencijado cargado con sus pocos muebles. Un ropero imponente, una cama de alto respaldar, dos modestas camitas turcas, tres colchones muy usados, una mesa, un banco largo y dos pequeños, paquetes, el enorme cuadro y ... el sillón.

El sillón de madera oscura, delicadamente tallado, con altas patas que rematan en garras de león y tapizado en gastada y deslucida pana azul, estaba ubicado detrás de todos los muebles, mirando hacia atrás, y era el más importante quizás porque sentada en él, vestida de negro, peinados de alto sus grises cabellos, con unos antiguos anteojos redondos sin patillas (que sostenía mediante una cinta que rodeaba su cuello largo y arrugado al igual que su cara), apretando en sus huesudas manos de largos dedos un bastón con empuñadura blanca y dorada y un cofre de madera ricamente artesonado, estaba ella, la más vieja, ridículamente hermosa. En su mano lucía un anillo en el que varias piedras incoloras, brillando al sol como si fueran un cambiante arcoiris, conformaban una flor.

Los vecinos se reunían y hubo risas inocultables al paso del camión y de su carga mientras que la anciana, mirando desde lo alto y tal como si estuviera ella realizando sólo un paseo, saludaba discretamente inclinando su cabeza y moviendo su mano.Y había en estos gestos tanta nobleza y autoridad que, inexplicablemente, las risas se acallaban y su saludo era contestado en silencio por los curiosos, con su propio gesto repetido de manera torpe.                                                    

El vehículo, bamboleándose y bamboleando su inusitada carga se detuvo frente a una casilla en la que, hasta la semana anterior, habían vivido Pedro Curiqueo y su mujer, que prefirieron regresar a Chubut antes que continuar muriéndose de hambre allí.

Inmediatamente salieron de la cabina en la que viajaban las otras dos viejas y el camionero. Ellas colocaron uno de los bancos pequeños, que bajaron rápidamente, y ayudaron a descender a la otra con la mayor solicitud, en tanto indiban al conductor que procediera a descargar y a ubicar el gran sillón a la sombra de un sauce cercano. Hasta allí se dirigieron las tres y ella se sentó, mientras que las otras colocaron un viejo almohadón en el suelo, para que en él apoyara sus pies, pequeños y bien formados, calzados con raídas zapatillas de abrigo.

Hablaban en voz baja, con palabras extrañas, pero se notaba que la más delgada, la del bastón, lo hacía en una forma maternalmente imperativa y que las otras asentían con respeto, aceptando sus opiniones.

Enseguida, una de ellas se dirigió a quienes contemplaban la mudanza y, con gesto decidido y marcado acento extranjero, pidió ayuda para descargar los muebles de la Señora Baronesa.

Entre risas, varios se apresuraron a colaborar, inclusive algunas mujeres, más por curiosidad que por otro motivo y, en menos de media hora, todo fue bajado y entrado en la casilla, ubicándose las cosas en los lugares señalados por las viejas, quienes supervisaban la tarea mientras que la otra, sentada en su sillón, observaba y asentía complacida a medida que se realizaba el amoblamiento.

Cuando el camión se fue y les dieron las gracias; cuando la anciana alta sonrió con gesto de aprobación, los vecinos se dispersaron para terminar de hacer sus tareas, mientras realizaban comentarios risueños sobre las tres nuevas habitantes de la villa y sus extraños modos.

Los niños se quedaron, jugando y mirando atentamente todo lo que pasaba. Asimismo, fueron acercándose al sillón de la mujer, atraídos por su dulce sonrisa y por las palabras desconocidas que ésta les decía. No lograban entenderla pero, por instinto, adivinaban que estaba protegiéndolos y que nada malo iba a pasarles a su lado.

Hasta los perros se mostraron confiados y, después de reconocer los nuevos olores, se acostaron, mansos, a sus pies y lamieron su mano.

Mientras tanto, las otras dos, trabajaban activamente y con rapidez. Colocaron y armaron la cama grande en un rincón y, sobre el respaldo de madera que imitaba a un gran ramo de rosas atado por un descomunal moño, colgaron de un clavo el retrato al óleo de un militar de porte enérgico, vistiendo un uniforme blanco y dorado.

El hombre retratado tenía cabellera y patillas importantes de pelo como un trigal maduro y ojos claros; su nariz era recta y de base ancha y su boca, grande, sombreada por un bigote, también intensamente rubio. Todo en él daba la impresión de firmeza y bondad, pese a la hosquedad de su gesto. Un áureo casco empenachado con plumas verdes completaba su atuendo y descansaba en sus rodillas.

A la cabecera de la cama principal pusieron asimismo un crucifijo bizantino de bronce y esmaltes y un espejo redondo manchado de blanco. En el otro rincón de la única habitación ubicaron las dos pequeñas camas turcas; en el centro, la mesa y los bancos y, sobre la mesa, un florero rojo y dos candelabros plateados.

En una estantería, adosada a la pared, pusieron distintos elementos que traían en diferentes paquetes; algunas ollas y platos; un colador, una espumadera y un cucharón; una vieja sartén ennegrecida; una palangana enlozada; varios cubiertos y vasos; un mantel a cuadros; servilletas. Delicadamente envueltas en suaves papeles, trajeron tres copas de cristal que guardaron con cuidado en el estante superior del ropero.

Este mueble contenía muy pocas prendas colgando en su interior y todas denotaban intenso uso, aunque estaban, limpias y prolijas, en sus perchas. Allí guardaron el cofre de madera que trajo consigo la Baronesa, señalando así su importancia.

Unos niños fueron mandados en busca de agua hasta la canilla más cercana, ubicada en una esquina y a una cuadra y media de distancia, con latas grandes que habían sido de grasa para automóviles, a las que se les habían colocado agarraderas de alambre, después de extraerles la tapa superior.

Esa noche, a través de la puerta abierta, las vieron a las tres tomando sopa y comiendo pan, cansadas, tranquilas y en silencio, iluminadas por velas cuyas luces reverberaban en el florero rojo y en los dorados adornos del traje del militar que, desde su retrato en la pared, parecía vigilar.

A la mañana siguiente, muy temprano, sacaron el sillón al patio y Sonia, una de las viejas, peinó con esmero los grises cabellos de la Baronesa María, trenzándolos y formando luego un importante rodete con la trenza, mientras que ésta se miraba complacida en el espejo manchado de blanco que sostenía Natalia, la otra anciana. Hablaban y reían y semejaban ciertamente una noble dama con sus siervas. En una, la distinción y la naturalidad con las que recibía la atención de las otras y, en éstas, el inocultable cariño, unido a una evidente subordinación. Un sol adolescente jugaba con reflejos plateados en las cabezas de las tres, muy juntas.

Después desayunaron té con unos trozos de pan. Lo sirvieron en ordinarias tazas enlozadas, pero pudo imaginarse, viéndolas, que el servicio era de la mejor porcelana y, aunque en los modos de todas había refinamiento, se notaba, sin embargo, la separación de las distintas clases sociales.

La Baronesa, sentada en la cabecera y las otras dos, muy juntas, en un costado, como la noche anterior. No hablaban casi entre ellas. La comida era una pausa silenciosa y tranquila.

Más tarde, mientras que Sonia, llevando una bolsa vacía en su mano, salió de la villa con paso apurado, Natalia, después de limpiar la casa, visitó las del vecindario, portadora de un extraño mensaje que motivó más de una risa; la señora Baronesa recibiría el saludo de sus vecinos, a las once y treinta, en los jardines de su residencia, rogándoles puntualidad. El tono usado era, a la vez, una invitación y una orden.

La chilena que vivía en la esquina le gritó a la paraguaya de enfrente:

__¡Mujer..! ¿Has oído la güevada de las viejas locas que llegaron ayer...?

Y después lo contó en todos los lugares a los que fue, entre risas, logrando así que a las once estuviera ya reunido un grupo de mujeres con sus hijos pequeños; algunos, que no tenían ninguna changa ese día. ¡T todos los perros...! De a poco fueron llegando muchos más y hasta Nené, que se había acostado a las seis, después de una dura noche, cubrió con un turbante amarillo sus rubios cabellos pajizos (quemados por tanta tintura necesaria para aclararlos) y apenas cubierta con un deshabillé azul y medio transparente, asistió luciendo un par de anteojos negros que le ocultaban las orejas.

A las once y treinta, ante un gesto de la anciana sentada en un sillón, quien había controlado repetidas veces la hora en el pequeño reloj metálico con diminutas piedritas brillantes que colgaba de su pecho sostenido por un cordón negro que colgaba de un alfiler, se realizó la ceremonia anunciada.

La Baronesa estaba ya ubicada debajo de un sauce y Natalia, como queriendo señalar un ritual, se arrodilló delante de la mujer, inclinó su cabeza y besó la mano flaca (luminosa casi por los reflejos de las piedras del anillo) que ésta le extendía, con gracioso ademán. Después, levantándose con dificultad, indicó a los vecinos que avanzaran.

Nadie lo entendía pero, ordenadamente y casi en silencio, sin risas y con vergüenza (como niños) fueron acercándose al sillón en el que estaba la vieja y se arrodillaron y besaron su mano extendida mientras que la criada, ante cada persona que se inclinaba murumuraba:

---¡Su Excelencia, la Baronesa María...!

    Y ésta tuvo una palabra atenta para cada uno; una caricia para cada bebé; una permanente sonrisa afable y una inocultable emoción en sus pequeños ojos celestes.
Vacilando a veces para encontrar las palabras justas y adecuadas, les dijo que si el Barón viviese seguramente ellos tendrían tierras de labor y buenas casas. Y fue regodeándose al calcular la magnitud de las cosechas que asegurarían el alimento y el bienestar de todos. Les contó de las academias militares a las que podrían asistir sus hijos para ser útiles y para servir al imperio en los trabajos y en las guerras. Y habló como si soñara, de  lugares, de castillos, de cotos de caza, de ríos increíbles, de nevados paisajes, de salones y luces y trajes de  seda. Les contó de amos severos pero amantes y de criados agradecidos y satisfechos.
     Su voz setornaba juvenil cuando auguraba la justicia y la paz para los ancianos y los niños y el trabajo y la gloria para los jóvenes.
    Todos los presentes iban imaginando cosas hermosas y la palabra de la Baronesa fue una lluvia de verano que les trajo, junto a un mundo totalmente desconocido (como el que mostraban las ilustraciones de algunos almanaques), el sabor y el recuerdo de sus terruños, de sus cosas, de sus remotas niñeces, de sus familias  perdidas y lejanas y de todo lo que los días se obstinaban en borrar.
    Ella hablaba de su vida y, no obstante, parecía estar haciéndolo de la de cada uno de aquellos que la escuchaban y, entonces, su vida y las de los demás transcurrían en ese mismo momento.
    Sonia regresó con una bolsa de pan, algunos paquetes y sonidos de monedas proveniente de la bolsita de género que  llevaba colgada de su cinturón. La mujer y su ruidito de alcancía entraron a la casilla, y al rato, salió humo por la chimenea y hubo olor a comida, cosa que recordó a las mujeres que sus hombres regresarían ya de sus trabajos.
    El grupo se disgregó rápidamente, entre comentarios un poco socarrones pero emocionados.
    Y las tres locas, como las llamaron, fueron aceptadas por todos y hasta respetadas.
    Siempre algún niño acudía para traerles el agua; siempre sobraba un trozo de carne para llevarles; siempre alguna vecina, de esquejes, hacía una planta para el jardín de la Baronesa.
    Y todos los días, uno Natalia, el siguiente Sonia, al otro Natalia y así siempre, hiciera buen o mal tiempo,  salían por la mañana y regresaban con lo necesario para comer.
    La Baronesa, mientras tanto, recorría la villa como si ésta fuera realmente los jardines de su mansión y  hablaba de los que ella llamaba "sus siervos", "sus vasallos". Decía maravillas de las cosas que hubiese hecho el Barón para el bienestar de todos y sus palabras convencían a sus escuchas, que deseaban que fueran ciertas.
    Cuando se producía un nacimiento, llegaba ella a visitar a las madres con trozos de cintas, con envases vacíos, con bolsitas de polietileno usadas y limpias como regalos y deseaba, si nacían niñas, que sirvieran a la  Emperatriz en la corte y, si nacían varones, que pudieran estar en el ejército, en las cuadras, en el Palacio   Imperial.
Las madres -chilenas, paraguayas, chaqueñas, bolivianas, correntinas, santiagueñas, tucumanas, peruanas-
la escuchaban con atención y, mirando con ternura a sus hijos, se maravillaban imaginando para ellos esas cosas que, aunque no comprendían bien, sabían buenas.
Cuando a Nené‚ alguien (alguien que ella dijo a la policía no conocer, aunque todos supieron que mentía y  aunque  muchos, sabiéndolo, tampoco lo dijeron), una madrugada, cuando regresaba a la villa, la golpeó salvajemente dejándola, quizás por muerta, tirada en la calle, fue la anciana quien se encargó de cuidarla por  las noches. Nadie pudo oponérsele y entonces ella, colocándole compresas frías sobre los hematomas y las  hinchazones, murmuraba en voz muy suave y sin reproches:
-¿Quién pudo hacerte esto a ti...? ­¡Quién, pequeña gacela...? ¿Cómo pudieron dañar cosas tan bellas como tu cuerpo y tu cara ... ? ¿Cómo pudieron ... ? ¡Pero no sufras ... ! Todo pasará , como pasa el humo en las arboledas cuando sopla el viento... Todo pasará  y volverás a reír para alegrarnos a todos... ¡Duérmete y todo te parecerá  un mal sueño ... !
-y luego canturreaba dulces canciones en su raro idioma.
    Nené, llorando en silencio y apoyada en su regazo tibio, la escuchaba con atención, besaba su mano y, al  igual que Sonia y Natalia, le decía "Madrecita" hasta que, finalmente, se dormía tranquila para soñarse niña y   jugando.
    Durante siete noches la vieja veló y Nené‚ soñó cosas hermosas. Y nada perturbó la paz de esas siete noches. Así, con los días, insensiblemente transcurrió el tiempo y fue logrando que los trajes de las viejas se pusieran cada vez más agrisados y verdosos. Sus figuras eran como parte del paisaje y nadie bien recordaba cu ndo habían venido.
    Pero, pese a eso, nunca violaron la intimidad de la casilla en la que vivían y a la que jamás fueron invitados a entrar.
    Ese era, lo sabían o lo presentían, un lugar que les estaba vedado, salvo que mediara una invitación o una orden de las viejas.
Asimismo, se acostumbraron a no invitarlas a sus fiestas, porque ellas no concurrían ni se excusaban por no hacerlo, aunque no rechazaban los alimentos que les hacían llegar en esas ocasiones.
Entre el mundo de las tres locas y el de los demás había  una clara distancia que era marcada por ellas y respetada por todos.
     ­Pero por la sola presencia de las tres mujeres, en la villa se vivía un poco más pacíficamente ... !
      Desde aquel lejano día en el que, mientras corría el vino en un asado en la casa del Negro Suárez (uno... que trabaja en los mataderos), salieron de sus vainas los cuchillos y alguien resultó herido; desde ese preciso día en el que, ante el clamor de las mujeres que trataban de impedir que la pelea se hiciera más sangrienta aún,  llegó la Baronesa con su inseparable bastón y, furiosa como si fuera una mujer joven, sin que le intimidaran ni  el filo del puñal ni la mirada asesina del Tarta Gómez, diciendo palabras que nadie entendió, con decisión y   mirándolo con severidad, lo desarmó con sólo exigirle, con gestos duros e inequívocos, que le entregara el arma amenazante, ante la presencia azorada de todos, su voluntad se hizo sentir. Y mucho más porque ella arrojó luego el cuchillo al suelo y con su diminuto pie lo pisó, enterrándolo en el polvo, con desprecio, antes  de retirarse, digna y ofendida, sin hablar con nadie, como queriendo dar por terminado, sin más, el incidente.
     ­Y fue desde entonces que no hubo tantas peleas, ni tiros en la noche, ni gritos ... ! Podía creer que nadie  quería perturbar las vidas serenas de la Baronesa y de sus criadas.
     ­Era seguramente así...!

     Descubrieron, casi por casualidad, cómo obtenían Natalia y Sonia la comida diaria y el poco dinero que gastaban, cosa que siempre había sido un misterio y un obligado tema en las conversaciones de los vecinos.
    Teresita, una paraguaya que trabaja por horas en distintas casas, vio a una de ellas pidiendo limosna a los que salían de una iglesia y, al día siguiente, vio a la otra haciendo lo mismo en otro templo. Comentó esto con  los demás y, en grupo hablaron con ellas. ¡Nunca habían imaginado que  fuera tanta su pobreza y se responsabilizaron, en parte, por esa situación ... ! Sintieron piedad al verlas y escucharlas llorar y rogar que la Madrecita no supiera estas cosas, porque moriría de dolor. ¡Ella no deb¡a enterarse nunca ... !
     No le interesaba conocer el origen del dinero con el que comía, porque había sido educada  así pero, sin  dudas, la vergüenza de saber la verdad la mataría.
    Todos comprendieron el inmenso amor de las dos mujeres por la loca y, entonces, la realidad descubierta fue, a partir de ese momento, un secreto celosamente guardado y compartido. Y también como si ese silencio  cómplice los hiciese estar más cerca de ella.
    Anualmente, cada veinte de enero, eran invitados a saludar a la Baronesa y se repetía la ceremonia de la
primera vez, aunque ahora asistían todos a saludarla. Suponían que sería su cumpleaños y llevaban, por eso,
regalos que la anciana agradecía y entregaba a las criadas. Caramelos, masas, velas, flores, comestibles, zapatillas y algún abrigo usado pero aún presentable llegaban así para hacer menos duras las vidas de las tres mujeres.
    Y se renovaban los besos en la mano de la Baronesa, cada año más vieja y flaca; las repetidas caricias a  los siempre nuevos niños y la esperada palabra de la mujer dibujando un mundo desconocido. ­Un mundo de maravillas ... ! Un mundo de caireles y de encajes; de caballos briosos y de aguerridos jinetes; de salones y de espejos; de joyas y de valses; de romances ingenuos y de flores; de banquetes; de grandes tragedias de amor y ambición. Un mundo ilusorio en el que un joven y rubio Barón miraba con ternura a una bella Baronesa de pequeños ojos celestes, piel muy blanca y largos cabellos castaños.
     ¡Y el amor de los dos en su castillo y la felicidad de los criados en sus casas ... !
      Todos los años era otra fiesta la fiesta de la Baronesa y   cuando ésta, cansada y satisfecha, los despedía con una sonrisa y un vago gesto, pensaban todos en el largo año que los separaba del próximo saludo.
Después las veían almorzar a las tres y, sobre la mesa, relucientes las copas de cristal (usadas puntualmente en
esta ocasión) brillaban como puñados de estrellas al reflejar el sol. ­Y las viejas, entonces, parecían iluminadas y luminosas, comiendo en silencio...!
      Hasta que una mañana (justamente una mañana del fin de un verano), desde la casilla en la que vivían las  mujeres se escucharon llantos. Eran como el aullido de los perros en las noches desapacibles. Ese sonido  agorero que parece hablar de cosas irreparables y dolorosas.
     Muchos acudieron asustados y, al entrar al lugar, vieron a los dos criadas en el suelo, gimiendo en voz alta, apoyadas dolorosamente en la cama de la Baronesa María que, muerta, sonreía con sus ojos celestes muy abiertos mirando fijamente, mirando ahora para siempre, el hermoso rostro del Barón del retrato que parecía,  tal vez por eso, poseer una nueva tranquilidad en su gesto.
      Después de calmar un poco a las viejas, obligándolas casi a sentarse en sus bancos, encendieron unas velas y llamaron a la policía. Eso, lo sabían todos, era un trámite obligado en la villa ante la muerte. En ella la vida  podía ser, rara vez, un asunto privado y personal pero la muerte, siempre, era un asunto público y, generalmente, policial.
       Cuando llegó, después de un largo rato y de reiterar el llamado, un automóvil patrullero, bajó del mismo el oficial que lo conducía y, después de una mirada aburrida y adormilada, pidió los documentos de la muerta.          También llegó un joven médico de un hospital vecino y todos lo oyeron decir, después de revisar el cuerpo:
      -­¡Ésta se murió de vieja ... ! ¡Debe tener un montón de años...!
      Sonia, algo repuesta y ante el insistente requerimiento de los recién llegados, sacó el cofre guardado en el ropero y, de él, con cuidado, unos viejos y amarillentos papeles que entregó al oficial.
      Éste los leyó y silbó en forma admirativa, mientras contemplaba asombrado las firmas y los sellos colocados en el documento que todos esos papeles ya viejos constituían. ¡La flauta ... ! -dijo- ¡Baronesa María Louwov ... ! ¡Casi nada ... ! ¡Y mirá en qué sucucho piojoso vivía ... !
      El comentario molestó a todos. Varios vecinos lo amenazaron con los puños en alto y no faltó algún  "¡Guacho mal parido ... !", o algún "¡Hijo de puta ... !", dichos de una forma que no admitía réplicas.
      Don Carlos, un viejo y respetado carpintero que presidía la junta de fomento del barrio, intervino tomando de un brazo al policía y sacudiéndolo mientras decía con voz alterada:
     -­Más respeto ... ! ¡Más respeto, pibe, con la Señora Baronesa ... !
     Estaban conmovidos, no sólo por la muerte de la anciana tan querida, sino porque recién ahora sabían que ella había sido realmente distinta.
     Entonces supieron que, cuando les hablaba de todas aquellas cosas hermosas, les estaba hablando realmente de su vida. Que cuando los trataba como lo hacía, veía en ellos a sus criados, a sus amigos, a sus hijitos. Y comprendieron y compartieron parte de su hermosa locura.
     Y, casi sin planearlo, estuvieron todos de acuerdo en que a la Baronesa no podían llevarla como a los  otros, en un modesto cajón municipal y en el furgón de la funeraria. ­Ella merecía otra cosa ... !
     En un momento se reunieron en la calle, se organizaron, juntaron el dinero que tenían, pidieron, vendieron  cosas y, antes de que pasaran dos horas, Nené‚ (que había sido la  designada para controlar y reunir los aportes), anunció que, según creía, tenían ya lo suficiente.
     Un pequeno grupo realizó las gestiones necesarias y contrató un entierro de primera, que debieron pagar  por adelantado. Asimismo, fue arrendada a la Municipalidad una tumba en el cementerio, por un término de  noventa y nueve años.
     Lo hicieron casi con gusto, pese al dolor que sentían, porque la Baronesa no descansaría así en una tumba  pública, como los que nada habían tenido. Ella estaría en ese lugar, sin riesgos de ser arrojada después en una  fosa común, por ese largo término que, se les ocurrió, era casi una eternidad.
     Luego de algunas discusiones y aprovechando el dinero que les había sobrado, encargaron una enorme corona, porque la Baronesa debía tener también sus flores. No sabían que inscripción ponerle hasta que, tras  algunas vacilaciones, lo decidieron finalmente, aceptando entusiasmados lo propuesto por el Tarta Gómez, que tenía sus ojos colorados y brillantes esta mañana, aunque no hubiese tomado aún ninguna copa de vino.      Esa noche, la casilla de las viejas se iluminó con la luz vacilante de las altas velas torneadas de la capilla ardiente.Un sufriente Cristo de bronce inclinaba su dolorosa cara sobre la cara sonriente de la Baronesa que, amortajada en encajes y sosteniendo en sus largas manos el bastón con empuñadura de marfil y oro (que siempre había usado) parecía una reina. Los diamantes de su anillo multiplicaban por cientos las luces de los  trémulos pabilos de las velas y, sostenido por un alfiler de gancho, sobre el pecho de la muerta, el pequeño reloj de platino y brillantes había quedado detenido fijando una hora sin valor.
    Habían puesto, junto al Cristo, el retrato del Barón y en la puerta de la casilla dos empleados de la funeraria, vestidos con trajes azules y guantes blancos, con sus níveas  camisas, sus corbatas negras y sus zapatos muy brillantes, guardaban el lugar y contemplaban asombrados, sin poder convencerse del todo o como si no lo entendieran, el constante desfile de gente que lloraba sin disimulo, ni vergüenza, ni consuelo.
    Cuando llegó la camioneta de la florería con la corona de gladiolos y crisantemos blancos, adornada con  ligustro y laureles y cruzada por una cinta violeta con la leyenda "SUS VASALLOS", realizada en letras doradas de papel pintado, todos se sentían un poco maravillados. Casi les parecía mentira que Sonia y Natalia no pudieran reprimir su dolor y permanecieran, llorosas y sosteniéndose mutuamente, paradas a los pies del féretro finamente lustrado, con importantes manijas plateadas de las que colgaban los gruesos cordones trenzados de seda negra.
     Pasada esa larga noche, por la mañana, entraron a la villa el lustroso portacoronas, el fúnebre de lujo y varios grandes automóviles, nuevos, cerrados, oscuros y brillantes.
Nené, vestida de negro y con una boina blanca en su cabeza, y el Tarta Gómez, llorando a gritos y sosteniéndose en su mujer, subieron en el primero de ellos ubicándose, los que pudieron, en los demás.
     Y así salió el cortejo, al que se agregaron muchas chatitas y autos de viejos modelos a lo largo del trayecto.
     Muy pocos no fueron porque habían sido designados para ordenar y reacomodar las cosas antes de la vuelta de las criadas.
     Todos lloraron al despedir a la Baronesa sintiendo que con ella habían perdido algo importante que no  sabían bien qué era, aunque el dolor de esta pérdida los agobiase.
     Y, sin embargo, es precisamente desde ese día que, en la casilla que ahora está cuidada y arreglada,  vigiladas por el retrato del Barón, viven las dos viejitas, que ya no necesitan  pedir porque ahora tienen todo lo que necesitan, protegidas y servidas por la Baronesa.
     ¡Si ... ! ¡Por la Baronesa ... ! Por ella, que viene todas las mañanas a peinarlas, con la cara de la paraguaya  desdentada y gritona; que les trae la comida, con la cara impasible de la boliviana o cantando tonadas con la mendocina; que les lava y les plancha la ropa, tarareando tangos con la chaqueña; que viene por las tardes a charlar, llena de colores y con los cabellos teñidos de Nené; que las arropa con cariño en las noches de invierno, con las manos ásperas de la correntina; que poda las plantas y arregla el jardín, con el rostro curtido
y hosco del Negro Suárez.
      ¡Por la Baronesa María, aquella de los pequeños ojos celestes, las palabras extrañas y encendidas y el  gran amor, que está un poco en toda la villa, en todos y en cada uno de sus moradores...!
      ¡Y que está todos, todos, todos los días...!

                                                       Fin                                          arriba^