Idre Blalekim
EL VIAJE QUE OCULTAMOS
No es posible ocultar por mucho tiempo aquello que golpea incesantemente un corazón o que desgasta lentamente los pensamientos de un hombre que se esfuerza por no perder la razón, no es posible resistir tal perturbación interior. Sé que muchos me acusarán de farsante a pesar de las pruebas en mi favor. De todos modos no aspiro a que todos crean lo que aquí voy a relatar. De hecho acordamos con mi hermana en ocultar lo que nos sucedió ese Domingo, porque hasta nosotros estamos pensando en la posibilidad de un sueño compartido, un sueño extremadamente real.
Ciudad de Lobos, (Provincia de Buenos Aires).
Exhala sus últimos suspiros el año 1982, es Diciembre; más precisamente el Domingo 26, hora 14.
-Bárbara es mi hermana menor, tiene 10 años y hace meses que no la veía debido a mis ocupaciones en Buenos Aires. Estamos en la casa de mis padres, sentados junto a ellos: mi hermano Coch, Bárbara y yo en la postrera mesa. Mis otros hermanos ya se marcharon tras haber pasado la Navidad con nosotros.
Estoy resuelto a disfrutar al aire libre este soleado día, así que propongo ir a la laguna. Como respuesta y sin vacilar un instante, Coch se dirige a su dormitorio a limpiar la carabina. Él tiene 26 años y ama el campo y la caza como todos en nuestra familia. Luego de unos minutos veo que no necesito insistir, Bárbara y Coch me están esperando en el auto. Él va en el asiento posterior portando su arma.
--¡ Octavio !, ayer entraste y saliste corriendo, diciendo que perdiste el reloj, ¿ ya lo encontraste? (Me pregunta papá).
--Vos estás mal.- (Le contesto sin darle importancia). Yo no perdí nada, ¿ le habrá hecho mal el vino ?- (Pienso).
--No vuelvan tarde y no corran.- (Nos despide mamá).
Así comenzó todo, es lo que recuerdo del principio de aquel paseo singular.
Al llegar al cruce de carreteras hubo algo que hizo que modificara el plan.
--¿ Y si vamos al castillo ? (Le dije a Coch)
--Mmmmm (refunfuñó). A lo que interpreté como de aceptación.
Esto suponía ir por otro camino a la costa menos conocida de la laguna, la que alberga el castillo.
Bárbara iba adelante conmigo mirando el campo, "en babia". Ella se divertía fácilmente y eso hacía más placentera nuestra salida.
Tomamos un camino que indicó mi hermano, desconocido para mí, hasta que aparecimos unos veinte minutos después en las cercanías del famoso castillo: (Una construcción de fines del siglo diecinueve que se asemeja a un palacete francés). No pudimos visitarlo porque no encontramos a nadie, parecía deshabitado. Decidí entonces buscar un lugar tranquilo para ir a tirar con la carabina. Daba igual cualquier camino, todos eran extraños para mí.
Trataré de ser preciso en la descripción del ambiente en que penetramos. Mi memoria quedó impresionada por el sofocante calor y la intensa luminosidad de un sol despiadado.
--Por suerte Coch trajo su cantimplora- (Pensé).
--¡ Allá hay patos, en los juncos. ! ¡ Pará pasando el Puente del Quemado !- (Exclamó). Yo paré y él bajó rápidamente. Luego se apostó con su carabina en paciente espera, solicitándonos que no hiciéramos ruido.
--Nosotros vamos a explorar la zona- (Le grité), y seguimos por un camino angosto que se abría a la izquierda, perdiéndose en el horizonte tras una arboleda. Se veía un casco de estancia a lo lejos, mientras íbamos muy tranquilos cantando. Atrás quedaron la laguna y el castillo reducidos por la distancia, como escapando rápidamente de mis pensamientos junto con los ruidosos teros que nos habían acosado tal como si fueran celosos custodios del lugar.
Sólo podrán comprender lo que sentimos mi hermanita y yo, aquellos que han andado por los mismos lugares y han percibido cómo se hunde el tiempo allí, cuando se mezcla el brillo cegador del sol con el polvo centenario de nuestra historia. Historia que ha encontrado su bálsamo en ese rincón y se ha dormido a orillas de la laguna.
Recuerdo el fulgor de aquel campo seco, el aire caliente y el polvo formando nubes sobre un solitario camino sin fin. Estaba impulsado a seguir ese rumbo por el extraño presentimiento de que encontraría algo interesante.
Bárbara entredormía, como esperando inconscientemente un destino inevitable y temido.
Había dos árboles adelante, en los costados, y otro camino parecía abrirse a la derecha; apenas una huella.
--¡ Qué imagen desértica !- (Pensé en ese momento). Sólo había una parva de pasto y una arboleda a lo lejos.
--Despertá Barby que voy a parar unos minutos, el motor está muy caliente.-
Bajamos del auto y ambos tuvimos la sensación de estar muy lejos.
--Volvamos.-(Me dijo Bárbara).
--¡ Mirá, viene un carro allá, vamos a ver quien es !- (Exclamé).
Creo que desde aquel momento comencé a escuchar cada latido de mi corazón. Desde entonces mi mente vaga por recónditos lugares en procura de alguna señal que delate mi existencia real.
-- Parece un antiguo boyero, ¡ mirá qué carreta vieja !- Seguro que están filmando una película, por acá han filmado varias. Vamos a preguntarle.-
-- ¿ Qué es un boyero ?- (Me preguntó Bárbara).
-- Vení, después te explico. ¡ Lo que se está perdiendo Coch !-
Corrimos hasta el encuentro del paisano y notamos que éste se detuvo bruscamente. Pudimos contemplar una carreta con dos inmensas ruedas. Tenía un techo de cuero y era tirada por dos yuntas de bueyes uncidos al yugo. Se asomaba arriba un hombrecillo con un pañuelo y un sombrero alto de copa redondeada en su cabeza. Iba sentado en un pequeño tablón y se aferraba a una picana con actitud temerosa.
-- Buenas tardes Don.- (Le grité).
-- Gu, gu, güenas.- ( Murmuró mientras temblaba como una hoja).
--¿ Qué anda haciendo por acá con esta hermosa reliquia ?- (Le pregunté).
-- No, nada;...señor, ¡ déjeme por favor !- (Alcancé a escuchar). Luego pegó la vuelta, no sin alguna dificultad, pues tuvo que bajarse a guiar a los bueyes con la picana. Quedamos desconcertados mientras el boyero comenzaba a alejarse lentamente.
--¡ Qué hombre raro !, ¿no Barby?-
--¿Qué es un boyero, un loco en carreta?-(Me inquirió).
-- Es un personaje antiguo que conducía bueyes.
Volvimos al auto y vi que el motor se había enfriado, además, ¡qué extraño!, aparecieron nubarrones espesos y todo el cielo se empezaba a oscurecer.
-- Una tormenta de verano, Barby. Vamos a seguir, a ver qué hay más adelante, el motor va a funcionar bien ahora.-
Así seguimos durante unos 15 minutos. Atravesamos un puente de madera y nos topamos con un almacén de campo. Un cartel encima de la puerta decía: "Tome Hesperidina de Bagley", y más abajo: "Aperital, para antes de comer".
Había sólo un caballo atado y un carro. Paramos a tomar algo y pedí:
-- Dos Cocas, por favor.-
-- ¿Qué dize el mozito?- (Me respondió el cantinero).
-- Dos Coca Colas por favor.-
-- Ah, eso por acá no tenemo.
-- Dos refrescos.-
-- ¿Dos limonadas?.
-- Está bien- (Le contesté de mal humor, pensando: -¿Este tipo en qué mundo vive?). Dígame, por este camino vamos bien para Lobos?- (Le pregunté).
-- Si señor.- (Me respondió).
-- ¿Cuánto hay?.
-- Una legua aprozimadamente.- ¿De ande son?.
-- Somos de Lobos.- (Le contesté).
-- ¡Ah! Gringos ricién yegaos.
-- No- (Me reí mientras guiñaba un ojo a Bárbara, que también se reía pero sin entender nada.)
La expresión de mi sonrisa fue endureciéndose hasta tornarse rígida a medida que iba observando los productos que vendía ese pulpero. De pronto mi mirada quedó paralizada, mis pupilas se clavaron en un almanaque que rezaba: "Año del Señor de 1894, Noviembre 2, Viernes, Día de los Muertos".
--¿ Qué es esto, una broma ? (Pregunté). - ¿ Qué es ese almanaque, todo esto ?
El pulpero nos miró sorprendido.
-- Vamos Bárbara.- (Dije instintivamente). Dejé $ 200 en el mostrador y salimos rápidamente, bastante nerviosos.
En esa circunstancia cualquier espíritu es preso de la duda. La presencia de mi hermana como testigo de lo que estaba ocurriendo salvó mi mente del colapso. Traté de tranquilizarme y hablar con ella para que no pensara en lo que yo estaba descubriendo. Arranqué el auto y seguimos mientras le decía: - Mirá Barby, estamos atravesando una región extraña, pero voy a seguir un poco más a ver si llegamos a Lobos por acá y después volvemos a buscar a Coch.
-- Porqué no volvemos ahora Octavio ?. (Me contestó con temor)
-- No te preocupes, quiero ver una cosa.
No podía regresar sin tener la certeza de todo aquello que se me había revelado. Enseguida avistamos una vía y la cruzamos. Luego apareció un pequeño cementerio a 500 metros y una cruz jesuítica hacia el oeste. Algunas casas viejas se veían a la distancia. Me detuve.
--¿Dónde estamos Barby?. ¡No conozco nada de esto!-
--Ahí dice Lobos, en ese cartel. (Me contestó).
Confieso que me sentí ahogado, con verdadero espanto. Mis palpitaciones fueron más nítidas y parecí caer en un abismo del que vi fluir un viento luminoso. Giré la cabeza hacia Bárbara y me aferré mentalmente en su rostro. La vi pálida, inmutable, y luego me miró. No sé porqué ella parecía serena en ese momento y ayudo a cambiar mi relación objetiva con el misterioso poblado que veíamos con claridad inexplicable. Pude emerger de aquella depresión atado al cabo de soga de mi sociedad, que estaba representado en Bárbara, lo único que tenía.
--Barby, no te asustes, pero estamos en el pasado, en 1894. No sé cómo pudo ocurrir, pero te aseguro que vamos a volver a casa pronto.
Ella quebró en llantos, inconsolable, abandonando definitivamente su anterior expresión hipnótica.
Nos detuvimos a contemplar aquel espectáculo, que era siniestro para nosotros. Habíamos desenterrado a los muertos, y el pequeño pueblo me pareció por momentos constituido por mausoleos. Otra oportunidad para vivir les era dada allí, por no sé quien. -¿Cómo mirarlos sin ver la muerte en sus ojos? (Pensé). Entonces le dije a Bárbara:
--Creo que no está bien que entremos ahí. Por respeto, debemos volver.-
Encendí el motor y di la vuelta. Recorrimos unos dos kilómetros y empezó a fallar como cuando se termina el combustible. A los pocos segundos se detuvo. Comencé a revisarlo y vi que había una manguera semiquemada por la cual había perdido toda la nafta. Teníamos que conseguir combustible y reparar la manguera. En esa circunstancia estábamos obligados a contactar con los habitantes, así que le dije a Bárbara: --Vamos a entrar al pueblo a conseguir nafta. Deberás comportarte con naturalidad, no vayas a llorar por nada. Tenemos que esconder el auto porque si lo ven nos van a detener.
Había un rancho destruido a pocos metros, muchos tablones, palos, alambre, y paja algo carbonizada. Lo empujamos hasta la parte posterior y lo cubrimos con los tablones y unos cartones de "Champagne Louis Roederer- Reims". Vimos en el piso revistas de "El Mercurio de América" y diarios "La Nación". En uno de 1891 pude leer una poesía de Julián Martel, que parecía puesta allí intencionalmente. En una página de ese diario, de un 2 de Noviembre, aparecía extrañamente como indicándonos algo que nunca comprendí. Decía así:
"Vosotros los que vais en este día
con la careta del dolor cubiertos,
a ornar de flores la mansión sombría.
Dejad tranquilos a los pobres muertos!
Ellos no necesitan lujo tanto,
ni necesitan vuestro helado rezo.
Lágrimas puras de cariño santo,
eso es lo que ellos necesitan! eso!
No turbéis el reposo y el misterio
de la tumba solemne recogida.
No bailéis en el triste cementerio
el cancán de la farsa de la vida!
Sé que vuestros pesares no son ciertos.
Sé que fingidos son vuestros dolores,
si estáis más fríos que los pobres muertos.
A quién vais a prodigar flores?
Abrid el paso al corazón herido
que va a dejar la flor del sentimiento
sobre el sepulcro de algún ser querido.
No vuestras flores que deshace el viento!"
En ese momento comenzó a soplar un viento del sur. Nosotros ya habíamos asegurado el auto y nos dirigimos hacia el pueblo. A medida que nos acercábamos comenzamos a ver numerosos carros que pasaban en todas direcciones y la gente nos saludaba con manifiesta curiosidad. En ese instante, un estrepitoso silbido de locomotora irrumpió en el aire diáfano de aquel poblado de Lobos. Se había despejado la tormenta y atardecía.
Necesitábamos actuar con suma prudencia; no sabía qué podíamos encontrar.
Se apareció un chico de unos 17 años que iba en la misma dirección y su actitud evidenciaba que no tenía mucho que hacer, así que lo llamé y le pregunté:
--¿Cómo te llamás?-
--Me dicen Huasca y ustedes, de dónde son?.
--Somos extranjeros.- (Le contesté).
--¡Ah!.
--¿Puedo hacerte unas preguntas?.
--¿Qué querés saber?-Yo sé todo lo que pasa en Lobos.
Como me inspiró confianza lo hice de inmediato mi informante. Bárbara le tenía miedo porque era algo agresivo y tenía un ojo desviado. Me contó acerca de las personas más importantes del pueblo y algunos chismes sin importancia.
Entramos los tres por la calle Buenos Aires; era entonces un tosco camino hundido entre altos lotes de maleza, algunos alambrados. La mayoría de las cuadras estaban descampadas. Había pocas casas y todas distantes entre sí; casas de una planta, con zaguán, patio y aljibe.
Pasamos por la tienda de "Martí", por el bar "Handú", y llegamos a la plaza principal, que se llamaba "Buenos Aires". En el centro había casas y hoteles con dos plantas, especialmente en las calles Buenos Aires y 9 de Julio.
La plaza estaba colmada de naranjales silvestres, algunas palmeras, guayaberas, y un molino de viento para extraer el agua de regadío.
Se aparecía fantasmagórica la antigua iglesia con dos torres unidas por arcos. A su derecha se situaba la casa Municipal y en la esquina de Salgado y Buenos Aires, el club El Orfeón. La comisaría funcionaba en dependencias de la Municipalidad, y su comisario, un tal Reynoso, tenía una cuadrilla montada que andaba permanentemente por el centro. En la esquina de 9 de Julio y Buenos Aires estaba el Hotel "Argentino" de Bidone. Todas las calles eran de tierra aún, pero estaban muy mejoradas.
Ese mundo desapareció poco después, debido al creciente progreso que sobrevino a principios del siglo veinte. Ese escenario se esfumó sin dejar rastros. Como si no hubiera habido espacio para ese modo de vivir, que recordaba un poco el largo y monótono período colonial. Fue desterradada para siempre la letárgica mentalidad de los seres que se aferraban al pasado. Pero ahí estaban ellos sin embargo, viviendo despreocupadamente aún ese tiempo, que por quedar metido tan fuertemente en sus corazones, se lo llevaron hacia los oscuros confines de ultratumba.
Nos sentamos en un banco de la plaza los tres; Huasca, Bárbara y yo a ver pasar la vida de esas gentes. Había caballos y carros por todas partes y un tanque regador tirado por caballos parado en frente nuestro.
Se acercó la vieja "Cruza" para pedirnos plata y le dije que no tenía. Sin aceptar ninguna explicación nos profirió insultos de toda clase, y como no la pudimos pacificar, decidí que caminaríamos por la calle 9 de Julio hasta la estación del Ferrocarril.
Necesitábamos conseguir dinero rápidamente de alguna forma, entonces comencé a observar las tiendas. En frente del hotel "Jardín" había una pequeña joyería. Entré a hablar con su dueño, el señor Thea, a quien le ofrecí mi reloj digital diciéndole que era la última palabra en relojería. Quedó impresionado, me dio $50 y una hermosa daga por él.
Llegamos a la avenida Alem, que estaba cercada por grandes eucaliptus y vimos con detenimiento la estación de trenes. Tenía ésta grandes galpones detrás de la vía y funcionaba una cantina dentro de la sala de espera, atendida por una señora. De ella pude obtener información más racional que la que había logrado con Huasca. Lo único que podía conseguir era querosene, alcohol de quemar, alcohol medicinal y petróleo. Debía pensar en lo que iba a hacer y le pedí a Huasca que se fuera.
Para entonces estaba comenzando a oscurecer y vi que preparaban un baile en un terreno al norte de la estación. Tomé de la mano a Bárbara y marchamos hacia allí, pero al llegar consideré prudente no ser demasiado visto y doblamos hacia la izquierda. Llegamos hasta el peringundín "La Estrella" a eso de las 22 hs. y escuchamos el dulce punteo de una guitarra interpretando un valsecito, mientras las sombras se infiltraban bajo las mortecinas luces de los faroles que alumbraban parte de la calle. Abrí la puerta y vimos una multitud de gauchos timbeando. Entramos y pregunté dónde podía conseguir alojamiento, a lo que me respondió el mesero: -En el hotel "Lanata", frente a la estación. Este no es lugar para la niña-(Concluyó). Allí fuimos a dormir por $5 la habitación.
No pudimos dormir. Yo estuve pensando toda la noche, mientras Bárbara me miraba vistiendo un camisón y portando un candelabro de tres velas en la mano. La habitación tenía una gran ventana que daba a la calle, y había una cómoda con un gran jarrón encima. Fui con él al toilette a buscar agua y noté que faltaba el espejo. La tensión que estaba sobrellevando despertó en mí la necesidad de hallarme reflejado en un espejo. Pensé que no podría soportar lo que viniera sin encontrarme previamente con mi fantasma especular, con la representación de mi propia realidad. Me dirigí casi automáticamente a reclamar al hotelero un espejo y éste me contestó:
--Niño, aquí no hay espejos, pero se lo ve bien, aunque algo cansado, debería dormir.
--No soy un niño y no quiero dormir.(Le contesté malhumorado).
Aclaro que en este punto hay una especie de nebulosa en mi recuerdo y no puedo dar total seguridad de si lo acontecido fue tal cual. La primera etapa de esta estadía en aquel mundo fue de poca conciencia, y mis movimientos eran casi exclusivamente impulsos para saciar mis necesidades primordiales, que estaban dramáticamente restringidas.
Recuerdo haber hablado gran parte de la noche con el hotelero y que esa conversación de algún modo me sedó. Me contó cómo transcurría su vida en el pequeño pueblo y detalles de la sociedad y del país de aquel entonces.
Ese mundo era violento, marcaba acaso el preludio del historial de choques políticos y sociales que asolaron al país hasta mis días.
La crisis del noventa había dejado sus secuelas en las clases más desprotegidas, que tomaban rumbos al azar y a cuchillo. Surgieron así los malevos como un producto de la época. Seres sedientos de protagonismo social, de poder y de gloria, eligieron el terror de sus dagas con el objeto de imponerse y obtener respeto. Las muertes en pulperías, esquinas oscuras y callejones sombríos eran el pan de cada día. Habíanse acostumbrado al "asesinato a la vuelta de la esquina" y el miedo tenía visos de cotidianidad. Por la noche se trababan las puertas de los zaguanes y todos disponían de perros guardianes en su interior.
En aquel mundo habíamos entrado y respirábamos su encanto, aunque también probamos su amargura.
En la sociedad estaban; los hacendados, verdaderos terratenientes de gran poder económico. En su mayor parte acomodados que utilizaron el empréstito de 1878 para la adquisición de tierras pacificadas. La viuda Tiburcia Dominguez de Del Carril poseía 130.000 hectáreas en su estancia "La Porteña". Ella era la anciana propietaria del castillo que habíamos visto, y aún vivía en 1894.Estaban los gauchos, verdaderos hacedores de la historia argentina, raza insustituible, a veces enigmática, trabajando en su mayoría como jornaleros y peones.También, los inmigrantes; verdaderos codiciosos, aprovechadores de las oportunidades locales pero también proveedores de otras culturas que beneficiaron al país.Estaban los argentinos, los "otros", que como definiera años después Ortega y Gasset: "Se vestían y comportaban según aquello que querían ser y aunque no lo fueran, al hacerlo se convencían de que eran y entonces; eran." Por último estaban los indios, casi exterminados, viviendo su destino fatal.
El amanecer del día Sábado 3 de Noviembre de 1894 nos encontró caminando por las calles bajo un cielo plomizo, y mi desesperación parecía extenderse hasta la atmósfera pagana que nos envolvía con su tristeza.
Ningún parroquiano dio prueba de su existencia hasta que sonaron las campanas de la iglesia. Se escuchó al comienzo un seco tañido, y entonces; todo se iluminó de una luz celestial, y todos fuimos tocados por ese precioso sonido que atrapaba a las almas en pena.
Se abrieron las grandes puertas del atrio y los gentiles entraron en busca de protección. Necesitaban sentirse bañados por la gran Ley que encausaba sus vidas; factor de cierta cohesión, sacralización sin cuestionamientos, puesto que la sensatez que otorgaba la vida cotidiana a esos seres, era la de satisfacer las perentorias necesidades del espíritu. Sobre todo cuando la vida misma les era arrebatada con tanta facilidad.
Cuando el anuncio de las campanas cesó nos dirigimos a la misa. La tristeza de esa mañana se diluyó en la comunidad de los feligreses, y entonces sucedió que se extinguió, y sobrevino una gran alegría que nació súbitamente por obra y arte, y por efecto de reunirnos en el oratorio; ellos y nosotros. Todas las mañanas renacía la sociedad, todas las noches desfallecía.
Había imágenes por doquier y estatuas de santos que no conocía en los costados de la nave. Había incienso quemándose en el altar y rezos que llenaban la iglesia como antiguos ecos romanos.
El cura Enrique Ferroni se movía frente al altar haciendo llamativas gesticulaciones, y dos monaguillos jovencitos con sus atuendos almidonados ocupaban los flancos.
La gente repetía oraciones en latín con profunda devoción y yo hacia esfuerzos por comprender lo que rezaban. Comencé a notar que había palabras extrañas y mi preocupación se vio aumentada al darme cuenta que las oraciones estaban cambiadas. El Gloria Patri lo rezaban: "Gloria Incubus aeternus, Döminae nostra; sicut aera in principium et nunc et semper et in sëcula sëculorum, amén." Que ahora entiendo, significa: "Gloria Pesadilla Eterna, Señora nuestra; como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos, así sea."
En ese momento no me di cuenta de las aberraciones religiosas que estaba presenciando y me dispuse a imitarlos.
Al terminar la celebración me dirigí al armonio. Nada me detuvo, nada ni nadie podía haber impedido que expresara musicalmente todo lo que sentía. Quedaron algunos expectantes, otros orando, mientras tocaba la fuga en sol mayor de J.S.Bach; honda expresión de la angustia que padecía en ese momento.
Una viejita se acercó y con entrañable devoción se arrodilló frente al altar unciendo un rosario con sus manos y apretándolo en su boca, que movía desesperadamente como suplicando entrar al cielo. Como si la puerta celestial le hubiera sido mostrada en ese preciso precioso instante.
Después de dar fin a mi ejecución nos dirigimos hacia la salida, y vi a un grupo de mujeres y niños esperando frente al confesionario último. Al pasar vi que la puerta de éste se abrió y entonces sentí una inmediata necesidad de salir de la iglesia. Lo hice compulsivamente pues no podía tolerar más elementos de confusión. Había visto en el confesionario al Padre Troiano. Él fue mi confesor cuando yo era niño. ¿Qué hacía en esa época?, es algo que jamás podré comprender.
Al salir vimos un día espléndido que parecía provenir de los días de mi infancia. Vimos gorriones escapar muchas veces de las palmeras de la plaza, mientras la banda municipal tocaba en la esquina de Salgado y 25 de Mayo.
Carrozas, carros y caballos atestaban el centro. Las calles más transitadas eran : 9 de Julio, Buenos Aires y Alem.
Señoras en zaguanes, peones a caballo, caballeros de a pie, y milicos con sus sables, vigilaban a: Señores rufianes, chicas de trabajo, damas de fe, y revoltosos personajes. La sociedad así estructurada vivía una suerte de quietud, un equilibrio que nunca se rompió. Quizá porque cada uno se resignara al rol que le había tocado, pero más seguro es que fuera por subordinación a la autoridad policial y de rango. A pesar de ser un pueblo nuevo en un país nuevo, se construyó con viejos vicios traídos de Europa, y así las oportunidades eran desiguales. El derrotero estaba coartado para muchos. En cambio para los hacendados, todo era posible.
Sentados en el Orfeón escuchamos el siguiente diálogo entre dos señoras:
--¿Pero viste Manocha?, la Matilde; ¡Qué disgusto pobre!, ¡ la hija se le casa con un gringo, con un simple trabajador!
--¡Qué horror!
--Eso le pasa por no hacerme caso. Claro, con sus aires nacionalistas la mandó a un colegio de Buenos Aires en vez de hacer como yo con mi Enriqueta, que la tengo cultivándose en Suiza.
--Evidentemente.
--Mirá que le dije, eh, pero es una vasca porfiada. Le dije: Allá te la van a educar mejor, ¿no ves que son especialistas en formar damas como nosotras?
--Naturalmente.
--¡Qué lástima, con la plata que tiene, che!. Ahora va a tener que codearse con la chusma y comer spaghetti, ja, ja, ja!-
--Seguramente, jah, jah!
--¿Te pensás que le preocupa?. Al contrario, está feliz y contenta.
--¡Está demente!
Un matrimonio de ancianos muy amables llamados Clorinda y Arturo nos invitaron a escuchar la banda municipal desde su balcón y allí fuimos. Todo el mundo se veía complacido en escuchar a esa banda que tocaba en forma desastrosa. Eso me irritaba. Hacían tres compases y volvían a empezar, y cada vez la gente más entusiasta de escuchar una nueva repetición, mientras yo cada vez me irritaba más, hasta que comencé a gritarles que se fueran, que eso no era música, que no puede existir una música así. Esto no produjo ninguna reacción, al contrario, todos sonreían como tratando de apaciguarme. Además noté que era excesiva la cordialidad que ellos me dispensaban. Me pareció por unos instantes que detrás de todo aquello había algo que todo el mundo me ocultaba, fue una extraña presunción. Pensé que ellos sabían quiénes éramos nosotros y que nos querían retener a toda costa, como temiendo que nos fuéramos, como si sus vidas dependieran de nuestra estancia allí. Me vino a la mente la loca idea de pensar: -Quizá exista toda una civilización paralela a la mía y la única forma de comunicación posible sea mediante el sueño, debido a que desde nuestro sistema espacio-temporal de vigilia no podemos medir ningún suceso de esa otra civilización, por lo tanto no podemos verla. Quizá pocos minutos de nuestro sueño equivalgan a varios días de ellos. Deseché enseguida esa idea por fantástica, o por necesidad, no sé, aunque no es cierto que los sueños sean sólo eso.
Desde el balcón vi tres niños. Eran dos niños y una niña que jugaban con un triciclo con asiento de mimbre. -¿Quiénes son esos niños? (Le pregunté a Arturo).
--Son Pacho, Pachita, y Pachitito. (Me respondió). Así nos llamaban a mis hermanos y a mí cuando éramos niños.
Tomé inmediátamente a Bárbara de la mano y quisimos bajar, pero Clorinda nos miró profundamente y nos dijo: -Esperen!, tomen dos dulces. Abrió una caramelera de vidrio y nos dio dos caramelos.
--Gracias- Le respondí, y bajamos apresuradamente por la escalera de madera hasta el zaguán, y salimos a la calle. Lamentablemente cuando salimos ya se habían ido.
Comencé a desconfiar de esos seres secos, de trajes polvorientos. Se mostraban siempre tratando de parecer interesantes y amables. Hasta tal punto lo hicieron que puedo decir que por momentos me sentí feliz de estar allí. Esos seres de ojos opacos y sonrisa enigmática habían comenzado a desagradarme.
Nos dispusimos a la tarea central de nuestra preocupación que era obtener nafta. Fuimos a una enfermería que funcionaba como botica y conseguimos destilar del petróleo una esencia que mezclada con alcohol dio un combustible bastante bueno. Obtuve 4 litros de esencia con la que llenamos 4 botellas que dispusimos en un saco.
Cuando salimos con las botellas, se apareció Huasca y nos dijo que el intendente, Eulogio del Mármol, había dado la orden de arrestarnos por una denuncia de estafa cometida en el almacén de la entrada. Corrimos entonces a un carro y lo robamos, y en él nos dirigimos camino al castillo, pero me desorienté y equivocamos el rumbo, no encontramos el auto por ninguna parte.
De repente Bárbara me dice: -Doblá a la derecha! Se mostró tan segura que confié en ella y tomé el camino angosto y sinuoso que me indicó. Se aparecieron por allí, viniendo en sentido contrario: Primero, un burro con zapatos "Bandolero", luego un ejército de patos, y por último una jirafa asustada que moviendo sus orejas nos dijo:-No vayan al país de las fábulas porque los cerdos hicieron una revolución y fusilan a todos los librepensadores, especialmente a aquellos que sueñan con un mundo mejor. Nosotros nos volvemos a la vigilia, allá ustedes si prosiguen con esto.-
Di la vuelta y reprendí a mi hermanita por interferir el camino de nuestra supervivencia con absurdos ininteligibles.
Retomamos el camino anterior; el camino racional se me ocurrió pensar en ese momento, hasta que llegamos al castillo por ese otro camino.
Allí nos atendió un viejito que parecía el capataz, le decían Don Prudencio y era muy conversador. Le dije que necesitábamos un trabajo en la estancia y que veníamos dispuestos a quedarnos en ese mismo momento. Él nos contestó que casualmente necesitaba un peón y una chica para la casa, así que fuimos bienvenidos. Bárbara fue a conocer a Doña Tiburcia y a las muchachas, mientras yo me dirigía con los peones a recolectar duraznos, con canastas y sacos. Trabajamos hasta que la luz del día cedió. En ese momento noté que había mayor claridad en mis pensamientos y entré en una etapa francamente reflexiva.
Regresamos a la barraca lindante con el castillo muy cansados, y ellos comieron como salvajes, en cambio yo no podía alimentarme por mi permanente aflicción y por el asco que me provocaban esas carnes de cadáveres de ignota muerte.
Bárbara se había hecho de una amiga muy bonita que tendría unos quince años de edad y era hija de un inmigrante irlandés. Jugaban a saltar a la soga en el hermoso parque de la casona. Eso me tranquilizó debido a que la podía ver con facilidad.
Escondí las botellas de esencia en la barraca a fin de asegurarlas, y cuando volví con los trabajadores, el viejo Prudencio Sosa estaba relatando unas historias que dejaban boquiabiertos a todos los peones, mientras la noche se posaba lentamente sobre nuestras humildes cabezas. Ponía especial énfasis en argumentos misteriosos y se regocijaba cuando provocaba el miedo en la peonada. Se hacían silencios absolutos alternados con alguna risotada histérica, lo que revelaba una aguda concentración de todos los que allí se disponían en torno al fogón.
Esa noche escuché la siguiente historia, que salió con verdadera fluidez de los labios del anciano:
"El hueco de las Ánimas"
A fines del siglo XVII, antes que la frontera o "tierra de naides" pasara por Lobos, existían todavía grupos Querandíes que le esquivaban a los españoles. Se habían desplazado hacia el sur desde la ribera del Plata hasta el río salado, debido al crecimiento de la antigua Buenos Aires y el continuo poblamiento de la región. Estos indios bebían la sangre de venado a falta de agua. Usaban pieles de nutria, quillango y boleadoras. Se habían adaptado al caballo y transportaban todo en él, armando en cualquier lugar su tienda de cuero. Peleaban a distancia usando flechas incendiarias y arrojando la "bola perdida". Sucedió que un cacique que se sabe era descendiente de "Pacaospen", andaba con su tribu por aquellos años en esta zona. Un cuerpo de caballería lo anduvo persiguiendo hasta que se dio el encontronazo en algún lugar cercano al castillo. Hubo una gran matanza de indios, y luego se dio una tregua por el deseo del capitán español de pacificarlos. Esta tregua duró tres días y tres noches, durante la cual se vio que algunos se cortaron las falanges y se los oía llorar casi ininterrumpidamente.
Un cronista alemán vio cómo el hechicero hacía rituales dedicados al sol, su dios. Cuenta que imploró al sol que fabricase un hueco por donde las almas de su tribu escaparan hacia otra época, la de Pacaospen. Ese hueco todavía está, ha quedado sin disolverse en el tiempo y es por eso que en este lugar se observan luces malas, desapariciones y otras cosas de no creer. Además ese hechicero invocó a la luna, dios maléfico, y realizó a través de ella un "gualicho" en esta zona. Desde entonces este lugar está engualichado Antes de morir gritó: "Assaganup o zobá" (la luna los hará arrepentir).
Desde el campamento de los soldados se vio una noche una multitud de fuegos fatuos. Estaban en todas partes, eran decenas de cadáveres que corrían portando antorchas en sus manos, amparados por la luna y haciendo un chillido insoportable, largos quejidos mortales que silenciaron a todos los seres vivos que estaban por allí. Los españoles huyeron aterrorizados, algunos desaparecieron. Sólo quedaron el alemán con un pequeño grupo escondidos en un pozo. Éste encontró curiosamente que cada fuego fatuo duraba exactamente 127 minutos y 35 segundos. Es todo lo que quedó de ese relato.
Interrumpí al viejo para decirle: -Es un hueco de 88 años. A lo que respondió sin darle importancia: -Tome un mate mozito y oiga, que usté no entiende destas yerbas. Pa que sepa, la luz mala ej una antorcha que prienden por las noches laj ánimas errantes de los indios que no han encontrao el güeco aún. Aqueyos que buscan esa vía de escape en la ojcuridá, porque temen hacerlo de día debido a que loj blancos están activos y son sus enemigos mortales. También es cierto que aqueyos blancos que por las noches se han querido acercar a la luz, han desaparecido, como si se los hubiera tragao la tierra. Ej cosa e Mandinga sin duda y no hay más que prieguntar pa´aprender. Acá la gente e campo sabe bien a qué se está jugando. La vida ej un juego e taba, dipende cómo caiga uno parao le irá en su destino. Usté tiene mucho que aprender mozito así que se me caya la boca ya mesmo.
Fui a buscar a Bárbara, y su amiga me dijo que se había ido a dormir con las otras chicas. Al mirarla creo que fotografié mentalmente el rostro de frágil nácar que evocaba una antigua belleza, en agudo contraste con todo lo que me era dado observar. Sus largos cabellos renegridos de un azabache casi indígena, sus ojos claros y su tez blanca revolucionaron mi alma, y ese instante se hizo atemporal. No fue algo que pueda medirse con un reloj, fue la eternización de un preciso precioso instante. Lo mismo me pasó en aquel fugaz momento en que vi a la viejecita prosternada ante el altar. Sólo que esta vez sentí enamorarme de aquella joven que parecía una muñeca de porcelana. La invité a caminar por el jardín y noté que su voz no rompía el encanto, por el contrario era musical, pausada, solemne. Tenía cintas en su cabello, un vestido largo de color rosa y una cadenita de oro en su cuello. Me habló de su tedio en el campo y el deseo de viajar a Inglaterra. Le dije que era muy niña aún y que algún día lo realizaría, mientras nos deteníamos a contemplar la luna pretérita que señoreaba el mundo nocturno de aquel tiempo que se me hace ahora perdido, lejano, pero que sé; permanece eternizado en algún lugar donde sólo puedo llegar mediante mi otro yo. He de buscarlo toda mi vida en los entornos inconscientes de mi ciudad, en la campiña que nunca se estructuró y permanece dormida desde el principio de los tiempos aborígenes.
Cerróse el firmamento con un manto atiborrado de estrellas y nos fuimos a descansar. Esa noche estuve pensando en la vastedad del desierto. Un mar de tierra inconmensurable que encontraron los españoles en estas latitudes, lleno de misterios ocultos en su tenebrosa y llana soledad.
La serenidad que me había prodigado la noche me indujo a teorizar acerca de lo que me estaba ocurriendo, así que elaboré dos hipótesis:
Reflexión 1: Es posible que se trate de un viaje por las profundidades del inconsciente, en ese caso debo programar mi despertar. No quiero continuar en esta pesadilla.
Reflexión 2: Si esto está sucediendo físicamente, debo dejar alguna prueba o huella en el devenir histórico para poder redescubrirla en mi tiempo. Pero,..-¿Cómo asegurarme de recordarlo?. Este problema es insalvable.-
Estuve toda la noche calculando mi situación, recordando parte por parte los sucesos que desembocaron en esta ida de mi tiempo. Recordé que hubo un momento de extraordinaria luminosidad cuando atravesaba un desierto y que en determinado momento apareció, de ninguna parte, la carreta del boyero. Además recordé que éste apareció después que paré el motor y frené, y que vi algo de ella, una vez despejado el polvo que habíamos levantado. Supuse entonces que el período anterior , comprendido entre el momento que comenzó la luminosidad en el desierto y el momento de la aparición del boyero, fue el tiempo de la travesía. Hice una segunda suposición al pensar esperanzadamente que si lográbamos penetrar nuevamente en el hueco, pero en sentido inverso, debíamos viajar por él un tiempo exactamente igual para llegar así a nuestro tiempo normal de vida. Pero yo no sabía cuál fue el tiempo exacto de la travesía. Fueron largos minutos pero necesitaba obtener la cantidad de tiempo exacta. El tiempo que utilizaríamos en el regreso desde la entrada en el hueco y en el que a una velocidad cercana a la de la luz nos desplazaríamos para llegar exactamente al mismo lugar 88 años después. Recordé que estos dos tiempos se relacionan mediante la transformación de Lorentz, como:
En la que (t) es el tiempo de 88 años expresado en segundos; (c2 ) es la velocidad de la luz elevada al cuadrado, y (v2 ) es el cuadrado de la velocidad en que viajamos cercana a la de la luz. De esta manera podría haber calculado (t´), que es el tiempo que necesitaba conocer, pero no conocía el valor exacto de (v), así que no pude obtener lo que necesitaba por la vía racional.
Al amanecer el día Domingo 4 de Noviembre de 1894, me encontré con Bárbara en un sitio que habíamos prefijado. Recogí las botellas de esencia y subimos al carro en horas en que todos estaban durmiendo. Llegamos al sitio donde estaba el auto y lo descubrimos. Vacié las botellas en el tanque y reparé la manguera cortándola un poco. El motor arrancó, aunque fallaba mucho. Lo apagué y le dije a Bárbara que me esperara unos instantes. Me dirigí con el carro al pueblo, hacia el sector sudoeste donde calculé, se emplazaría nuestra casa. En ese área vi un aljibe, donde arrojé mi daga. Después de eso volví al auto y para mi sorpresa me encontré con que había seis milicos a caballo interrogando a Bárbara. Traían orden de arresto y apenas llegué me pusieron las esposas. Yo comencé a explicarles que éramos inocentes, cuando me preguntaron ¿qué era esa máquina?.
--Suéltenme y les explicaré. Soy un honrado vendedor de un novísimo arado que no necesita de caballos, déjenme hacerles una demostración,- les dije, y ellos me soltaron intrigados. Inmediatamente arranqué el motor y salí con el acelerador a fondo. Ellos comenzaron a perseguirnos y por momentos se acercaban porque el motor fallaba mucho. En determinado momento en que la luz del sol comenzó a cegarme le grité a Bárbara:
--¡Dame tu reloj y decime si los milicos desaparecen! Y al instante:
--¡Desaparecieron! Gritó ella, y yo activé el cronómetro mientras pensaba desesperadamente que caeríamos en cualquier tiempo, dado que la relación es de aproximadamente 4 días por cada segundo que estaba marcando el cronómetro en ese momento. En esos minutos de desesperación regresiva reflexioné como lo hizo la humanidad en la desesperación de sus albores. Necesitaba una creencia salvadora y la busqué en el fondo de mis pensamientos. Entonces se desencadenó el recuerdo del relato del anciano, que por desagradable yo había reprimido, y me di cuenta que los 127 minutos y 35 segundos que duraban los fuegos fatuos, eran el tiempo de la travesía. Así lo hice y cuando se cumplió este lapso, apagué el motor y frené. Entonces pudimos ver que el campo adquiría su normalidad, y mi espíritu se regocijó por haber bebido del mito salvador.
Puse el automóvil a fondo y fuimos a buscar a Coch. Llegamos al lugar donde lo habíamos dejado, pero no lo encontramos. Después de una larga búsqueda infructuosa decidí ir a Lobos por el camino conocido a cargar nafta, pero le dije a Bárbara que me esperara en el lugar porque no estaba seguro de haber regresado totalmente. Llegué a Lobos rápidamente y con gran alegría . Estaba todo bien. No podía preguntar la fecha en cualquier parte, así que cargué nafta y llegué hasta mi casa. Estaba papá en el living. Entré corriendo y vi el almanaque de 1982. -¡Papá!, ¿Qué día es hoy? (Le pregunté).
--Sábado; Navidad, ¿cómo no sabés? (Me respondió).
--No,....ehhh; perdí el reloj, ahora vuelvo.
Salí rápidamente, creo que llegué a encontrarme con Bárbara en 15 minutos. Habíamos regresado un día antes y debía pensar cómo resolverlo. Comenté a Bárbara el nuevo estado de cosas y me dijo:--Por lo menos estamos más cerca.
--Si, pero no podemos quedar así, ¡desdoblados! (Le expliqué)
Entonces tracé un plan que comprendiera las dos hipótesis y me asegurara el regreso definitivo.
Puse el auto aproximadamente en la misma posición del comienzo de la travesía. Utilicé todos los cables de que disponía en el baúl del auto y con ellos hice un buen conductor. Dejé un extremo en la tierra y el otro lo até a la carrocería. De ese modo la carga estática se desvanecería por allí al llegar el auto de mi tiempo y producirse la conjunción entre los dos. Esto salvaba los detalles de la hipótesis que había desarrollado acerca de las causas de la travesía:
a) Es posible que una especie de Jaula de Faraday sea la nave para acceder en la cuarta dimensión. b) El automóvil es una cápsula metálica y actuó como tal. c) Si elimino las cargas eléctricas no se repetirá el fenómeno. d) La radiación solar más la fricción ocasionaron la carga estática.
Para salvar la hipótesis de la reflexión (1), acordé con Bárbara que cuando se produjera la conjunción debíamos gritar, de modo de no dormirnos más. Ese era el plan, basado en hipótesis que seguramente estaban bien lejos de la realidad. Sólo que si fallaba esa única tentativa, nos convertiríamos en fantasmas para toda la eternidad.
Pasamos la noche en el auto, en el lugar donde nosotros mismos pasaríamos al día siguiente. Entonces me vino una idea deprimente. -¿No estaré inmerso en una patética situación esquizoide? ¿No habré sufrido una escisión de mi personalidad, y en la bifurcación hubo componentes histórico-románticos que siempre me placieron y que dieron fecundidad a todo esto? Recuerdo que el Sábado 25, mi otro yo se encontraba dando vueltas por el centro de la ciudad y me dolía la cabeza. Atribuí mi pesadez en ese momento a las comidas de la fiesta.
--Así que en este momento de la noche del 25, que yo preparo la re-unión, mi otro yo está paseando por la ciudad. Mañana vendrá, lo espero con ansiedad. Quizá el otro yo de Bárbara sea una creación mía. (Pensé angustiado) Pero deseché enseguida esa idea descabellada puesto que creo que el hilo conductor de mis pensamientos se mantuvo siempre incólume. Además, si recuerdo perfectamente a mis dos yo luego del desdoblamiento, es porque ambos existen y entonces esto es real. Como he pensado los dos sujetos que hay en mí, resulta claro que ambos existimos. Por lo menos hasta mañana, 26 de Diciembre de 1982.
Por fin llegó el momento: Nos vimos acercarnos lentamente y cuando estábamos a unos cincuenta metros de nosotros mismos, observando por el espejo retrovisor maniobré hasta ponerlo en posición coincidente. Veníamos a 30 metros detrás nuestro cuando comencé una cuenta regresiva:- 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1, ya!! Gritamos.
--¡Está bien, no grités histérica, ahora volvemos a casa! Pero Coch se va a enojar porque él pensaba estar toda la tarde cazando. (Grité a Bárbara)
--¡Hace calor, tarado! (Me respondió)
Llegamos hasta donde estaba Coch y:
--¿Ya volvieron? (Nos dijo)
--Si, y Bárbara ya quiere irse para Lobos. (Le digo)
--¡Puff!, ¡para eso no veníamos nada! (Dijo enojado)
Durante todo el camino le reprochamos:
--¡No te traemos más!, ¡porqué no pensás en nosotros!?
Y yo agregaba: --No te gusta un poco de aventura al aire libre? Estás siempre metida en este pueblo, donde nunca pasa nada.
--¡Callate tarado! (Me contestó furiosa)
En los días que siguieron a esa salida nos contamos una serie de sueños que habíamos tenido y encontramos las conexiones mediante las cuales pudimos recordar todo.
La daga fue hallada aproximadamente en el año 1966, por mi vecino Jorge Salvatierra, mucho antes que naciera Bárbara.
Otro fin de semana, después de unos quince días, resplandecía una hermosa luna en la noche, y ambos sentimos la necesidad de ir a la orilla encantada. Nos dirigimos allí anhelando que la maléfica luna nos iluminara con piedad, y con ese deseo, cuando llegamos nos dispusimos a invocar a antiguos dioses indígenas mediante un rito mágico que habíamos aprendido en nuestros sueños. En ese momento, un haz de luz lunar brilló en el ventanal de la torre del castillo.
FIN arriba^